El Sol Sagrado de los Antiguos.

El Sol Sagrado de los Antiguos.

Al Sol.

Nos lo has dado todo.

Inicia tu regreso, quedamos portadores de tu llama Eterna.

Nos has ido nutriendo, progresivamente, desde el Solsticio de Invierno.

Creciendo afuera, para que el sol interno vaya creciendo también en cada uno de nosotros.

Tu máximo esplendor pide calcinar aquello que no es luz. Nada que llevar al siguiente ciclo de renacimiento.

Honramos todo lo que ha crecido de tí en nosotros, lo que has madurado con tu entrega.

Tomamos el fruto. Reconocemos. Compartimos. Expandimos.

Hemos crecido. Somos más conscientes.

Pongamos afuera, en el mundo, el valor que has ido cultivando en nuestro interior.

Ya no hay introspección, todo ha salido a la luz.

Es tiempo de gozo, de júbilo y celebración.

Naturaleza exuberante y generosa afuera, que lo sea también la interna.

Tiempos de gratitud, reconocimiento y disfrute.

No hay nada nuevo bajo el Sol.

Pero sí ojos nuevos con los que mirarlo todo.

 

El Sol de los Antiguos:

Más que un astro, un Ser consciente.

Un corazón ardiente suspendido en el cielo, latiendo para sostener la vida y recordar el origen.

El Solsticio de Verano abría la Puerta de los Hombres: umbral por donde el alma descendía a la materia para encarnarse, aprender y despertar.

La luz más alta marcaba el instante en que la conciencia se hacía visible, desnuda, sin sombra donde esconderse. Todo revelado ante la Luz.

Civilizaciones separadas por mares y desiertos compartían un mismo saber silencioso: el Sol fecunda, madura y transforma.

Su fuego no solo calienta la tierra, también enciende el Alma.

Para los egipcios, el ascenso de Sirio y la crecida del Nilo trae una promesa de abundancia, el renacimiento de la vida.

Para los pueblos europeos, el Solsticio era la fiesta del fuego que purifica y renueva.

Para los toltecas, el momento del acecho: mirar de frente lo que la luz revela.

En la tradición hermética, el Sol es el símbolo del Sol Central, la chispa divina que habita en cada ser.

Su cenit marca la fase de Rubedo, cuando el fuego interno calcina lo que ya no sirve y deja solo lo esencial.

La luz externa despierta la luz interna. La llama de arriba convoca la llama adentro.

Su luz se recoge. Se refugia en la tierra para regenerarse.

Un gesto de unión cielo y tierra. La invitación a unificar nuestros dos polos.

Donde cada arquetipo encuentra su punto medio, su centro perfecto.

Desde ahí, lo que antes era tensión se convierte en tesoro: para nosotros, y para los demás.

El cuerpo escucha el llamado: la pineal se abre, los ritmos se ajustan, la biología recuerda su origen solar.

Somos hijos de una estrella, y algo en nosotros lo sabe.

Taita Inti, Padre Sol inicia su viaje de regreso hacia el interior del cielo. Y nosotros con él.

Agradecemos lo madurado, lo aprendido, lo revelado. Tomamos el fruto. Lo compartimos. Lo ofrecemos al mundo.

Porque la Luz que recibimos no es para guardarla, sino para encender caminos.

 

*

Rituales para el Solsticio.

Alquimia Interna